NO SE PUEDE AMAR A DOS A NO SER QUE TU CASA SEA LO BASTANTE GRANDE

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NO SE PUEDE AMAR A DOS A NO SER QUE TU CASA SEA LO BASTANTE GRANDE – Según Sara Merec “la virtud de estar con una mujer es que me siento en igualdad. Es un inconveniente cuando se asumen roles”.

La directora de cine Sara Mérec llegó a Zaragoza para enseñar su corto documental “Isla Ignorada”. Ha traído consigo a dos compañeras, la directora y gestora de proyectos culturales María Santoyo y la actriz de series como “Vis a Vis” o de películas como “Pieles”, Itziar Castro. En una reciente entrevista comentan del lesbianismo y de las demandas de ser un personaje público. Del encasillamiento en la industria audiovisual, de las contradicciones y de como es una lesbiana del Telva. Sí, de esas que no sabes bien si te están vendiendo vibradores baratos o látigos de BDSM.

El corto documental habla precisamente del ámbito rural. De como el movimiento feminista fue una enorme contribución para reafirmarse una época afortunadamente pasada. Hay una chica de 18 años que cuenta como en el colegio el ser un individuo empoderado contribuye a no ser objeto del bullying. Supongo que se referirá también a sus compañeros chicos. ¿Hay referentes lésbicos en las narrativas recientes? Itziar Castro dice que a nivel de referentes lésbicos, en la parte de ficción, si, cada vez hay más proyectos tanto series como en películas en las que se habla del lesbianismo sin que sea una trama dramática.

Pero a veces el tema es buscar un espacio donde solo haya mujeres. El tema previo era el internado. Hay una sucesión de libros de Enyd Blyton que se denomina “Torres de Malory” que es abiertamente lésbico. La primera película lesbiana así más popular es la de “Mujeres de Uniforme” que era un internado. El rollo lésbico en las películas de la república de Weimar se encontraba siempre muy presente. Eran siempre mujeres mortales, había como más independencia.

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¿Y la industria?

Dentro de la industria no hay ningún inconveniente. Puedes ser lo que te de la gana -dicen- porque entre compañeros no hay ningún inconveniente. Lo malo es de cara al público porque es una cosa que no se termina de comprender. Hay una sucesión de miedos anticipatorios en determinados ámbitos. En lo cultural no hay ningún inconveniente, y si lo hubiera, la persona que puede sentir que súbitamente le molesta en la puñetera vida te lo va a decir.

Que las encasillan es evidente pero encasillan en todo. A algunas actrices buenísimas, las encasillan en una temática y no les proponen una comedia en la vida. Quieren dejar de llorar o, al revés, actrices supercómicas que son buenísimas realizando drama pero no les dan jamás la posibilidad, no venden. Es muy dificil desencasillarse en esta profesión. A la que hacen dos o tres de lesbiana, evidentemente las llaman para lesbiana.

¿El deseo fluye?

Somos de organizar. Debemos ordenarnos porque si no lo que sale de esa norma en alguno de los sentidos te despista. Si una chica en un momento posee una sexualidad abierta y desea acostarte con quien le de la gana se la tacha y no se la termina de comprender. La independencia sexual no se termina de comprender. Habitamos una sociedad que nos dice que debemos ser libres pero nos encorseta al rodearnos de etiquetas, de hashtag, de Twitter.

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Cada uno se debe sentir coherente con quien es. En la diversidad es como crecemos. La heteronormatividad que se expone es para muchas personas un problema. Hay un libro de mujeres de 1920-1930, “Mujeres bajo sospecha”, que habla de relaciones de mujeres en las que hay un hombre y hay una mujer. Para una lesbiana la virtud de estar con una mujer es que se siente en igualdad. Deberíamos aprender los hombres para que esa misma sensación la tengan siempre y todas quienes no son lesbianas, con nosotros.

Publicada hace poco en el periódico The New York Times, la opinión de Fisher también fue cuestionada por celebridades que dicen tener esta clase de “arreglos”, y por el millón de compatriotas estadounidenses de Fisher que están dando una ocasión a las relaciones poliamorosas. Es el único éxito indiscutible de mi vida -decía De Beauvoir- sobre su relación abierta con Sartre. En términos de duración, la pareja de existencialistas franceses nos gana a la mitad de todos nosotros. Su relación, que les permitía tener amoríos sin dejar de ser pareja, duró 51 años, hasta la desaparición de Sartre en 1980.

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Para Deirdre Bair, biógrafa de la autora, De Beauvoir, ella era “servil” con Sartre. También Hazel Rowley, en su libro Tête-à-Tête, se complace en exhibir constantemente a De Beauvoir llorando por las cafeterías. Pero en el centro de la suposición de que las mujeres no monógamas eligen el poliamor sólo porque es lo que el hombre quiere hay una conjetura más generalizada sobre la sexualidad femenina: es el hombre el que tiene pretensiones sexuales complicadas, no la mujer. ¿Y no es este un argumento heredado precisamente de la cultura machista que tanto critican y criticamos?

Según la actriz Mo’Nique, tener una relación abierta con su pareja fue una idea de ella. Simone De Beauvoir tampoco se veía a sí misma como alguien que permite una relación poliamorosa en calidad de fácil acompañante. Al sentirse atraída tanto por hombres como por mujeres, una relación abierta significaba no tener que seleccionar entre una cosa y otra. Sentía la “necesidad de evaluar toda clase de vivencias”. Creía que la aptitud de accionar por deseo era fundamental para liberarse.

Una biógrafa, un crítico cultural o una antropóloga no tienen por qué contar la historia del poliamor como les gustaría a sus personajes principales. Pero en muchas de las críticas que se le hacen a la práctica hay una resistencia a aceptar que las mujeres también tengan deseos sexuales complejos. Forma parte del deseo egoísta de lograr que todas las historias encajen dentro de formatos estructurados. El matrimonio de Mo’Nique y Sidney Hicks les parecería desequilibrado solo a quienes piensan que la monogamia, llevada a cabo de forma exitosa, es la única medida de seguridad, amor y deber.

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Una vida feliz como mujer de un polígamo

Un hombre, dos mujeres, 4 hijos. La boda fue pactada. Pasado el tiempo dicen ser una familia feliz. Una de las familias polígamas de la red social religiosa de Hildale. La canadiense Twyla Quinton tenía 16 años cuando, en otoño de 1997, aceptó casarse con un hombre cinco años mayor que ella. Dos años antes, a los 14, había podido negar un arreglo matrimonial parecido gracias a la cooperación de su madre. El matrimonio entre la joven y el joven adulto se llevó a cabo la víspera de Halloween, en Bountiful.

No obstante, el nuevo arreglo matrimonial, autorizado sin inconvenientes por Blackmore y consumado en invierno de 2000, sí entraba en conflicto con el código penal canadiense. En su artículo 293 prohíbe de forma explícita la práctica de la poligamia. Twyla, su marido y su hermana-esposa pasaron a conformar parte de un modelo de familia que su país considera fuera de la ley. Un aspecto que ellos ignoraban y que no tuvo la menor consideración mientras siguieron residiendo en Bountiful, oasis polígamo en el que la acumulación de esposas resultaba habitual.

Twyla afirma que su relación (un hombre y dos mujeres con dos hijos cada una) ha acabado convirtiéndose en un pacto de convivencia libre. Algo no muy distinto de un trío o una relación poliamorosa. El rechazo vino después, al descubrirse que Twyla y su hermana no eran amantes, sino exiliadas de la red social mormona del sur del estado, y formaban parte de una relación polígama. Es decir, que todos lo vieron estupendamente mientras pensaban que es que eran muy modernos y libres, pero la cosa cambió cuando se dieron cuenta que eran unos odiosos mormones.

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Penalizar esta práctica y perseguirla es, según algunos y algunas, la única forma de que la sociedad se mantenga vigilante y proteja a las “víctimas”. Porque ellas, según el mismo argumento, al estar inmersas en comunidades religiosas que aprueban la poligamia, muy difícilmente denunciarán su situación. En este caso de las hermanas Quinton, la decisión de continuar adelante con su modelo de convivencia a tres después de dejar atrás Bountiful da pie a un explosivo enfrentamiento.

Ajena de consideraciones legales, para la autora y periodista peruana Gabriela Wiener, “poligamia y poliamor están en las antípodas la una del otro, aunque quizás sí tienen la posibilidad de llegar a tener un parecido superficial en algún caso concreto”. La misma Wiener ha relatado su propia relación poliamorosa en su libro Llamada perdida. La clave está en hasta qué punto estamos hablando de una relación libre y simétrica.

Pero, así como Wiener misma apunta, “que se llegue a un cierto punto de equilibrio y de tranquilidad no significa que estemos comentando acerca de una relación sana y libre. Algo así no tiene relación con el poliamor. Poliamor bueno, poligamia mala. Es inevitable hacerse una pregunta ¿Y si la polígama es mujer? Es decir, si es la mujer la que decide vivir con dos o más hombres y es aceptado por ellos líbremente… En la situacion de Twyla Quinton, Wiener señala: “Podríamos estar comentando de una relación poliamorosa sobrevenida si entre ellas dos hubiese atracción sexual o amor romántico.

Alguien que lleva años en un matrimonio abierto me cuenta como funciona. El poliamor se define como la situación sentimental donde se tiene «una relación íntima, amorosa, sexual y duradera de forma simultánea con numerosas personas, con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los amores involucrados». Dentro de una definición tan extensa, entran muy dispares supuestos de relaciones. Esto crea algo de confusión. Esto, unido al tabú que aún existe, hace que nos cueste comprenderlo.

Luis vivió una relación de 4 años con su mejor amiga y con otro hombre. Ella y él eran amigos desde niños y siempre había habido algo entre ellos. Más allá de que jamás habían sido una pareja clásica. Se habían acostado entre todos ellos y ellas, y también con otra gente, en vivencias muy abiertas. Siempre fue amor entre ellos y sexo con los demás, hasta que conocieron a alguien que lo cambió todo. Ella se enamoró de él, pero no dejó de estarlo de ella, y ella se enamoró también, en alguna forma de él. Ufff, ¡vaya lío! los amigos de mis amigos, son mis amigos…

Olivia dice que cuando acabó la carrera, se trasladó a Madrid, a un piso compartido con dos chicas. Enseguida se hicieron íntimas, en todo. Fueron años un poco locos, con muchas salidas nocturnas, experimentación y ganas de evaluar novedades. Unas cuantos ocasiones terminaron en la cama y era solo sexo. Dejó de serlo cuando una de las compañeras empezó a salir con un chico y las otras dos estaban celosas.

En este caso, el hecho de que la relación empezara porque sentían celos si alguna de las tres tenía relaciones con otra gente marcó las normas de la fidelidad. A lo largo de los dos años que duró la relación, ninguna salió ni tuvo sexo con otras personas. Y cuenta Luis que ellos sí éran una pareja en el sentido más clásico del deber y la fidelidad. Ni se planteaban estar con otra gente porque les llenaba lo que tenían. No buscaban sexo, ni muchísimo menos amor, más allá de lo suyo.

Los comienzos fueron complicados. Ninguno de los tres convivían y elegir llevarlo a cabo fue un paso adelante al que les costó un poco adaptarse. Ninguno se había criado observando a dos hombres y una mujer conviviendo en la cama, en la mesa y en la vida, así queles costó hacerse a la idea. Pero después fue fluyendo hasta que se convirtieron en tres personas implicadísimas en una relación. ¿La familia? ¿Se les cuenta algo así?

Vivían en Londres, así que sus familias estaban lejos. De hecho, siempre habían compartido piso con numerosas personas, así que nadie se planteó que entonces lo hiciéran por otros fundamentos. De todos métodos, jamás lo escondían. Él le daba un beso a ella en la calle igual que se lo daba a él. O ella se despedía de ellos en el metro dándoles un beso a cada uno. Vivir en una localidad que no era la de ninguno de los tres facilitó que los tabús les dieran igual. Pero la sociedad, generalmente, no está lista para esto todavía al cien por cien.

En el caso de Julio se acabó por cosas ajenas. A él le surgió una ocasión laboral increíble en USA. Ella decidió seguirlo, y la otra no. Ninguno creían en las relaciones a distancia, así que, aunque les dolió, supieron que había que romper. No piensa que tuviera nada que ver con que fueran tres. Él ahora tiene un negocio en España y su vida asentada aquí. En este momento tiene una pareja, y tampoco se iría con ella si se trasladara al otro lado del mundo ni le pediría que se quedara con él renunciando a sus pretensiones.

Las relaciones se terminan. Las poliamorosas y las habituales. Todos y todas hemos tenido muchas relaciones en la vida, se han acabado y nadie ha planteado que fuera por la naturaleza en sí de la relación. Sencillamente, el poliamor es más excepcional, o menos popular, aunque en este momento se comienza a comentar más de esto, por una cuestión popular, de demostrar que somos muy libres, o porque siempre se hizo y ahora se habla más de ello.

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¿Celos en el poliamor?

El hecho de que tu pareja tenga relaciones sexuales con otra persona seguramente sea la última razón por la que se muestran los celos. Y sucede que por lo general el poliamor empieza en una pareja que quiere practicar sexo con otra gente o que comienza a tener sentimientos reales hacia terceras personas, sin que eso signifique dejar de amar a su pareja inicial. Cuando una pareja escoge abrirse al poliamor, las dos partes lo hacen voluntariamente.

Cómo administrar los celos en una relación poliamorosa

Al igual que pasa con las relaciones monógamas, los celos se pueden manifestar con menor o mayor virulencia en las poliamorosas. De hecho, la gente que empiezan a ejercer el poliamor acostumbra a tener que pelear todo el tiempo con esos sentimientos de profunda inseguridad. Es por esto que administrar los celos es un trabajo personal que debe hacerse con muchísima precaución, pero que, aunque sea un desarrollo duro, puede llegar a transformarse en una fuente insaciable de sabiduría interior y desarrollo personal.

El contrato es un convenio que se ejecuta entre la gente implicada como forma de co-responsabilidad y respeto mutuo. Por lo general se tratan temas sobre con qué tipo de personas se tienen la posibilidad de sostener relaciones sexuales, protección frente patologías de transmisión sexual (ETS), si tienen la posibilidad de o no ser relaciones heterosexuales, gays o bisexuales, en qué sitios se tienen la posibilidad de sostener relaciones etc.

Para los poliamorosos este es un acto de amor incondicional, hasta tal punto que llegan a aceptar a otra gente invlolucrada sentimentalmente con su pareja inicial como parte de sus vidas. La idea es: “si hace feliz a una de las personas más sustanciales de mi vida, a mi también me hace feliz”. Pero hay que trabajar intensamente las inseguridades. Todas las personas implicadas requieren replantearse todas sus inseguridades: sus traumas familiares, las relaciones sentimentales y sexuales anteriores, su concepción de la moral, los mandatos académicos que han internalizado… porque cada situación de su historia puede ser un detonante para sentir inseguridad (o celos) en una relación poliamorosa.

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