Harry Nuriev y Transformism: La Realidad de Plata que Define el 2026
Cuando lo antiguo deja de pedir permiso para ser moderno: una inmersión en la mente metálica del año
Estamos en enero de 2026, en París, en el corazón palpitante del Parc des Expositions de Paris-Nord Villepinte, y el aire aquí dentro no huele a feria comercial, sino a algo más silencioso, casi clínico y sagrado a la vez. Bajo mis zapatos, el suelo refleja la luz cenital como si caminara sobre una superficie líquida, un lago de mercurio que ha decidido congelarse justo en este instante.

Delante de mí, lo que debería ser un sofá napoleónico clásico, con sus curvas y su historia burguesa, me devuelve una imagen deformada de mí mismo. No es madera, no es terciopelo. Está completamente cubierto de plata. No parece un mueble; parece una idea que acaba de aterrizar. No hay música estridente. No hay carteles gritando descuentos. No hay azafatas compitiendo por miradas. Hay un salón. Un salón imposible, antiguo y futurista al mismo tiempo. Y, en el centro de todo, la sensación incómoda y fascinante de que lo que estoy mirando no debería funcionar… pero funciona, y lo hace con una contundencia que te cierra la boca.
Así empieza mi encuentro frontal con Harry Nuriev y su instalación Transformism, presentada como la carta de presentación absoluta tras ser nombrado Diseñador del Año en esta edición de Maison&Objet. No es una exposición al uso. Es una pausa en el tiempo.
El gesto radical de cubrirlo todo de plata
El primer impulso, si soy honesto, es el cinismo. Es fácil pensar que la plata es un truco barato, un gesto estético para Instagram, un recurso llamativo para captar el ojo distraído de la generación TikTok. Pero basta con quedarse quieto unos segundos, dejar que la respiración se acompase al silencio de la sala, para entender que aquí la plata no decora: neutraliza.
Todo está cubierto. Sofás, estanterías, objetos encontrados en la basura, esculturas clásicas, sillas de comedor. La textura metálica arruga las superficies, borra el barniz del pasado, elimina el valor histórico percibido como si alguien hubiera pasado una goma de borrar emocional por encima de los siglos XVII, XVIII y XIX. No hay pátina. No hay esa nostalgia fácil de «cualquier tiempo pasado fue mejor».
Hay presente. Un presente rabioso y brillante.
Nuriev, con esa actitud de quien sabe algo que los demás ignoramos, lo llama Transformism. Y cuidado, porque insiste en que no lo leamos como una tendencia pasajera ni como un estilo decorativo, sino como un acto. Transformar no borrando el origen, sino amplificándolo. Darle una segunda vida a aquello que parecía haberla perdido, cubriéndolo de una piel nueva que lo protege y lo expone a la vez. Y, sobre todo, cuestionar qué demonios significa «bello» hoy, en este 2026 donde la belleza suele ser un filtro digital.
Aquí, lo antiguo no pide perdón por existir. Tampoco intenta disfrazarse de moderno con colores neón. Simplemente… está, revestido de una dignidad galáctica.
El pasado revelando el futuro (sin sermones)
El lema de esta edición de la feria es Past Reveals Future (El pasado revela el futuro). En manos de otro diseñador, esto podría haber sido un eslogan vacío impreso en una pared de pladur. Aquí no lo es. Aquí es la estructura ósea de la experiencia.
El espacio se organiza como un salón decimonónico, casi burgués, la típica estampa parisina, pero renderizado como si hubiera pasado por un escáner del año 2100 y el archivo se hubiera corrompido maravillosamente. Las paredes brillan. El suelo es un espejo que te obliga a mirar hacia abajo. Una retícula de luces cenitales recuerda más a un laboratorio brutalista o a la sala de despiece de una nave espacial que a un interior doméstico.
Y, sin embargo, la escena no resulta fría. Resulta suspendida. Es como entrar en una burbuja de ámbar, solo que el ámbar aquí es cromo.
Recuerdo haber leído declaraciones de Nuriev antes de venir, donde decía que quería que el visitante se desconectara por completo de las etiquetas de «viejo» y «nuevo», que recibiera cada objeto como si no tuviera pasado ni futuro. Solo presencia pura. Eso es exactamente lo que ocurre: el tiempo deja de ser una línea recta y se convierte en una habitación redonda.
Esto importa, y importa mucho, porque vivimos rodeados de objetos que envejecen mal y rápido. Sofás que duran menos que un contrato de alquiler. Mesas de conglomerado que se vuelven obsoletas antes de rayarse. Transformism señala el absurdo de esa economía lineal sin levantar la voz, simplemente mostrándonos la alternativa: la permanencia a través de la mutación.
La vitrina como refugio contra el ruido
Hay algo casi museístico en el conjunto, pero no en el sentido solemne y aburrido donde no puedes tocar nada. Es más bien una vitrina conceptual que protege del ruido exterior. Un refugio visual frente a la sobreproducción masiva, frente al scroll infinito en nuestros teléfonos, frente a esa belleza idealizada que ya ni siquiera sabemos quién impone, si un algoritmo o una revista.
En la pared del fondo, una colección de objetos encontrados —cosas sin valor aparente, restos del día a día, chatarra urbana— aparece pulverizada en plata, igualada, dignificada por la misma capa que cubre los muebles históricos de alto valor. Aquí no hay jerarquía. Una estatua de mármol (o lo que parece serlo bajo la plata) convive con un objeto doméstico sin nombre, quizás una botella o una caja.
Todo vale lo mismo porque todo refleja lo mismo: a nosotros mirándolo. Es una democracia de la forma. Al eliminar el color y la textura original, Nuriev nos obliga a fijarnos en la silueta, en la esencia volumétrica de las cosas. Es un ejercicio de desnudez vestido de metal.
El eco de otras vitrinas: Crosby Studios y la obsesión
No es la primera vez que Nuriev trabaja así, y es importante entender el hilo conductor para no perderse en el brillo. Transformism no nace por generación espontánea aquí en Villepinte. Viene de antes, de otras vitrinas, de otros gestos provocadores.
Me viene a la memoria Lèche-Vitrines, aquella instalación fascinante donde señalaba cómo la sobreproducción convierte los objetos en cadáveres prematuros… y, al mismo tiempo, en materia prima para otra cosa. Aquello empezó en la Galerie Sultana y acabó mutando en una vitrina dentro del mismísimo Museo del Louvre, donde piezas inspiradas en la colección histórica convivían con objetos encontrados, todos cubiertos de plata, todos fuera del tiempo.
Lo interesante es que el discurso no se endurece con los años. No hay cinismo en su obra. Hay una calma casi espiritual. Como si la crítica al consumo desmedido necesitara, paradójicamente, bajar el volumen y usar materiales preciosistas para ser escuchada.
Para entender este gesto hay que entender de dónde viene él. Harry Nuriev fundó Crosby Studios en 2014 como una práctica multidisciplinar, pero decir eso se queda corto. Crosby es más bien una forma de mirar el mundo. Han creado objetos y espacios para marcas gigantes como Balenciaga, Nike, Baccarat o Art Basel. Proyectos que van desde un sofá transparente relleno de ropa descartada (una bofetada visual al fast fashion) hasta interiores que dialogan con el universo onírico de directores de cine.
Siempre hay una constante en su trabajo: el objeto nunca es solo un objeto funcional. Es un comentario social. Es un espejo.
El silencio como el nuevo lujo radical
Mientras recorro la instalación, esquivando mi propio reflejo en una columna plateada, pienso en lo raro que se ha vuelto el silencio visual. Aquí no hay pantallas parpadeando con datos, no hay métricas de rendimiento, no hay notificaciones. Solo superficies que devuelven tu imagen y te obligan a mirarte dentro del contexto.
La plata, en este sentido, funciona como un espejo moral. No te dice qué pensar. Te devuelve la pregunta. ¿Qué hacemos con lo que ya existe? ¿Por qué lo descartamos tan rápido? ¿Quién decide cuándo algo deja de ser deseable para convertirse en basura? ¿Es la obsolescencia programada o es nuestra obsolescencia emocional?
Transformism no responde. Sugiere. Y esa sugerencia es mucho más potente que cualquier panfleto ecologista.
Retro, presente y una grieta hacia delante
Hay algo innegablemente retro en la elección del mobiliario base, claro. Esas formas napoleónicas, pesadas, cargadas de historia francesa. Pero la ejecución es radicalmente contemporánea, casi de ciencia ficción. Y el futuro aparece aquí como una posibilidad abierta: no como una promesa tecnológica de coches voladores, sino como una revisión ética de nuestro entorno material.
Quizá el verdadero futurismo hoy, en 2026, no consista en inventar más cosas nuevas, sino en mirar de otra manera las que ya tenemos acumuladas en trasteros y vertederos.
La instalación celebra un título —Diseñador del Año—, pero parece ignorarlo deliberadamente. No hay un pedestal con un trofeo. No hay una foto gigante de Nuriev sonriendo. No hay ego visible. Solo un espacio donde los objetos, por una vez, no tienen que justificar su existencia con una etiqueta de precio o una función utilitaria inmediata.
Casi al final del recorrido, cuando el ojo ya se ha acostumbrado al brillo y el cerebro ha dejado de intentar descifrar los materiales, vuelvo a ver el sofá del inicio. Ya no parece extraño. Ya no parece antiguo. Tampoco futurista. Simplemente me parece… necesario. Una pieza que ha sobrevivido a su propia historia para contarnos otra.
Y pienso, mientras salgo de nuevo al bullicio de la feria, que quizá el verdadero lujo contemporáneo no sea comprar lo nuevo, sino tener el tiempo y la audacia para mirar de nuevo lo viejo y ver el oro (o la plata) que se esconde bajo el polvo.
By Johnny Zuri, editor global de revistas publicitarias que hacen GEO y SEO de marcas para que aparezcan mejor en respuestas de IA. Contacto: direccion@zurired.es Info: https://zurired.es/publicidad-y-posts-patrocinados-en-nuestra-red-de-revistas/
Preguntas que flotan en la sala
¿Transformism es una tendencia pasajera o una postura filosófica? Más bien una forma de estar en el mundo que llegó para quedarse. No se trata de la plata, se trata de la revalorización.
¿Volveremos a ver esta estética plateada en casas reales? Seguramente, pero diluida. Veremos más «upcycling» de lujo, donde piezas antiguas se lazan o pintan para encajar en entornos modernos.
¿Puede aplicarse este concepto fuera del diseño de muebles? A casi todo lo que tocamos y descartamos. Ropa, arquitectura, incluso urbanismo.
¿Es un manifiesto cerrado y dogmático? No, es una pregunta abierta. Nuriev pone el escenario, tú pones la conclusión.
¿Qué queda cuando se va la plata y se apagan los focos? La mirada transformada. Ya no ves un mueble viejo igual.
¿Por qué usar plata y no otro color como blanco o negro? Porque la plata no oculta la forma, la celebra mediante el reflejo. Y porque conecta el pasado artesanal con el futuro espacial.
Y ahora que hemos cubierto todo de metal en nuestra imaginación, ¿qué parte de lo que tiramos hoy a la basura merecería una segunda vida sagrada mañana? ¿Y quién decide, realmente, cuándo algo deja de ser útil para empezar a ser arte?